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La revolución del Smart Dust

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Nellian M. Ríos Zayas
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En la actualidad existen un sinnúmero de avances tecnológicos que han revolucionado nuestro pensar y diario vivir. Un ejemplo claro de esto son los celulares, que se encuentran ya hasta con pantallas táctiles y aplicaciones que los convierten más en minicomputadoras que en simples teléfonos portátiles. Estos ya se han arraigado a nuestra vida cotidiana tanto así como la misma ropa que utilizamos para salir a la calle.

Ahora vale imaginar, ¿cómo sería un mundo más allá de esta tecnología que conocemos, un mundo donde las computadoras son casi microscópicas y tienen la capacidad de registrar la humedad de las plantas, las condiciones climáticas de cualquier parte del mundo, o hasta decirnos si tenemos el colesterol alto? Parecería esto algo sacado de una película de ciencia ficción, pero no, es algo muy palpable para nuestros tiempos.

En la década de los 1990, un investigador de la Universidad de Berkeley llamado Kris Pister decidió ver qué sucedía cuando se intentaba poner más información en menos espacio, un milímetro cúbico para ser más específico. Ideó el concepto de dispersar unas “motas”, como le llamaron, con el propósito de recopilar información de todas partes del mundo. Estas motas, que juntas funcionan como una red de sensores micro electromecánicos (MEMS), se componen de circuitos y un sistema de comunicación inalámbrica que permitirían comunicarse entre sí para llevar a cabo una tarea en particular. Se tenía pensado además que, para mantener el funcionamiento de este sistema por un largo periodo de tiempo, se debería utilizar energía solar o de vibraciones para darles vida.

Este concepto interesó particularmente al Gobierno Federal de los Estados Unidos, quienes ponderaron utilizar esta nueva tecnología para localizar amigos y enemigos, por igual, en medio de una guerra. Por otra parte, de manera comercial pudieran ser utilizados para medir humedad de las plantas en una finca, la cantidad de personas que habitan una ciudad, o para monitorear las condiciones climáticas para predecir mejor eventos atmosféricos, como los terremotos. Esto se da gracias a que el sistema puede ser diseñado para detectar fenómenos biológicos, químicos, magnéticos, ópticos y termales del ambiente, por igual.

Una de las muchas maneras que se ha aplicado la utilización de este tipo de tecnología es con los lentes de contacto inteligentes. Principios rudimentales de estos artefactos ya pueden ser vistos a nivel comercial, gracias al Triggerfish, un lente de contacto que ayuda a pacientes de glaucoma manejar su tratamiento. Este lente monitorea la curvatura del ojo por las 24 horas gracias a MEMS instalados como parte del instrumento. Para el futuro cercano se tiene pronosticado poder incluir MEMS a lentes de contacto para poder ver el contenido nutricional de los alimentos con un simple enfoque al plato de comida, incluyendo alertas a problemas fisiológicos, como el colesterol alto o problemas de azúcar en la sangre.

Al igual que ha sucedido con otras tecnologías revolucionarias que han sido comercializadas, como el Internet en la misma década, o las telecomunicaciones inalámbricas, surge con el “Smart dust” un dilema ético cuando se mira el aspecto de la privacidad de las personas, y cuando se llega a decidir donde termina el derecho a la privacidad individual y comienza el bienestar común. También vale preguntarse si valdría la pena tener conocimiento de todo, como se tendría bajo el efecto de este tipo de tecnología, tal cual sería con los lentes de contactos inteligentes. ¿Qué seguridad tendríamos de que la información recibida por estos sensores no está siendo enviada al mismo tiempo a otras entidades que desconocemos, que utilizan esta información a su disposición sin nuestro debido consentimiento? ¿Qué y cómo se podría regular el envío y recibo de esta información para asegurarnos que solo personas autorizadas tengan acceso a la misma? En respecto al uso de esta tecnología por el gobierno federal puede causar animosidad entre países que tendrían en su poder la potestad de utilizar este nuevo mecanismo en contra de los Estados Unidos, por ejemplo. En este caso se puede crear enemistad y ámbitos de guerra entre ambos países. Cuando estas interrogantes puedan ser contestadas de manera lógica, solo entonces se podrá entrar en un análisis crítico sobre el aspecto ético del llamado “polvo inteligente”, antes de que este, al igual que los celulares, se conviertan en parte indeleble de nuestras vidas.

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